de las palabras y las fotos

(Diario El Popular)

 

Reproduccion digital, impresión en papel obra segunda

42cm. x 60cm.

Esta serie fue exhibida el espacio La Macchinetta, en el Centro Cultural Juan de Salazar, del 3 al 30 de junio de 2016

Las palabras y las fotos

Javier Rodríguez Alcalá

De entre las varias cuestiones planteadas por Michel Foucault en ‘Las palabras y las cosas’ al menos según creímos entenderlas), estaría el concepto aquel de Episteme en tanto “contexto” posibilitante del conocimiento.

 

                                    Simplificado esto “a lo bestia”: si clásicamente la Episteme podría definirse como el “conocimiento en tanto afirmación justificada” (opuesta a la “mera opinión o Doxa”);  para Foucault más que al conocimiento en sí, este concepto remite a las propias condiciones en las cuales puede (o no) producirse un conocimiento que sea aceptado como tal, según lo admita (o no) la estructura de poder imperante.

                                    Por ejemplo: si en la Época Clásica la Episteme de la Historia Natural pasaba prioritariamente por la

clasificación (taxonomía),  ésta -sin desaparecer- se complejizó en la (Moderna) Biología al desplazarse la Episteme del ordenamiento de analogías y diferencias de los objetos de conocimiento a la dimensión histórica del discurso científico.

(¿de allí –¿entre otras cosas?- el interés de Foucault en esa obra en la desopilante -¿imposiblemente lúcida?- “clasificación” propuesta por Borges en “El idioma analítico de John Wilkins.[i])

 

 

                                    ¿Y qué tendría que ver lo de arriba con esta muestra de fotografías?...Quizás –de entre varios

otros abordajes posibles-  que estas “fotos trouvées” de Gabriela Zuccolillo sugieren –al menos a

nosotros- dos cuestiones convergentes vinculables a lo antes borroneado:

 

                                                            a) Que no necesariamente el “césped del MoMa siempre será más verde que el nuestro” (O que

un infrarrojo en Dusseldorf dará siempre fotos más verdes que otro en Asunción).

           

                                                            a.1.) Que la “liebre” (también) puede (azarosamente) “saltar” de/desde lugares inesperados, ni    tan lejanos ni tan “hípster-izados”. Y que según se sepa mirar (o se sepa “seleccionar”) tenemos a la vuelta de la esquina (o ni eso: ante nuestras propias narices) usos del fotolenguaje que pueden resultar no menos surreales que  el Juan Pablo II de Maurizio Cattelan o no menos conceptuales que las Tres sillas de Joseph Kosuth (o si no tan surreales ni tan conceptuales, al menos más honestamente “nuestros” y en esos otros usos “desfachatados” habría no tanto “formas” literales que reproducir, sino más bien un camino posible de explorar).

 

Esto es –por ponerlo aún más a lo bestia-:  que debidamente mirados y re-colocados ciertos usos  locales de la fotografía (irreverentes y aun “desfachatados”), pueden también resultar más libres en su

“cachiai” des/prejuicio;  y –justamente- desde su “localismo” no necesariamente resultarán negados de universalidad (sea que en su origen eso haya sido consciente o no -poco importaría- porque como en el futbol lo que cuenta son los goles convertidos)

                                    Y en ese sentido (partiendo de a) y a.1.)) cabría sugerir también que “Las palabras y las fotos” reviste –desde el humor-  un claro sesgo político al plantear cuestiones no menores sobre la Episteme fotográfica local contemporánea (concretamente la de su Doxa), ya que  aborda críticamente lo que podríamos entender como las condiciones sociales de producción de los discursos simbólicos fotográficos locales (principalmente la naturaleza de sus referentes)

                                    ¿Pero por qué “pesadear” poniéndonos (ñembo) solemnes ante estas imágenes que en sí mismas resultan tan auto-explicativas como divertidas (esto es, tan serias, asumiendo que pocas cosas las hay tan serias como el humor)?...

                                    Mejor sigámosle el juego a la fotógrafa (hoy “editora” y/o “recolectora”) y doblemos nosotros mismos su apuesta por la cita con otra cita (que además explicaría mucho mejor ciertos aspectos de esta muestra):

 

 

“Cuentan hombres dignos de fe que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan.

 

Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: ‘Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla’.  A la madrugada

siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros del desierto, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres.

 

Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por decreto de Alá Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea.

 

El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: ‘¿Quién eres y cuál es tu patria?’. El otro declaró: ‘Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí’. El Capitán le preguntó: ‘¿Qué te trajo a Persia?’ El otro optó por la verdad y le dijo: ‘Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste’.

 

Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: ‘Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete’.

 

El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Alá le dio bendición y lo recompensó”.

 

 

(Jorge Luis Borges: Historia de dos que soñaron)

 

1. En donde un tal “doctor Franz Kuhn  atribuye a cierta enciclopedia china que se titula ‘Emporio celestial de conocimientos benévolos’ el ordenamiento (taxonomía) de los animales) en: (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados,

(c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (1) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón, (n) que de lejos parecen moscas”.

 

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